9 FEBRERO 2010

24/04/2009
Tú eres yo, yo soy tú

Mírate al espejo. Observa bien tu reflejo. Cada marca en tu rostro, una historia. Cada arruga, un recuerdo. Cada cicatriz, un dolor. Tu mirada define cómo te ven, cómo te identifican, cómo te dejas ver. El rostro que contemplas en el espejo es el que has visto crecer a lo largo de toda tu vida. Un rostro, una identidad. Un nombre, un historial. Un pasado, una persona. Todos aquellos a los que has conocido han dado forma al rostro que ves. Recuerdas a algunos, a otros no. Algunos siguen en tu vida, dándole forma. Otros se fueron hace tiempo, dejando su marca. Algunos llegaron hasta tu interior, más allá del rostro que se ve a simple vista. Todo lo que te ha rodeado hasta hoy, todos los que han estado de una forma u otra presentes en tu vida han influido en el rostro que ves ante ti. Tu rostro. Una cara conocida, tú mismo… alguien a quien no sueles ver a menudo pero crees conocer a través de aquellos a los que conoces. El contexto, las relaciones que te rodean, te permiten asegurar tu propia identidad, asentar quién eres, dónde estás y qué se supone que has de hacer, cómo se supone que has de actuar delante de determinadas personas en distintos contextos. Todo lo que crees dar por sentado, todo lo que consideras inamovible es aquello que refuerza tu identidad y seguridad. Ahora imagina que todo eso se rompe. El rostro que ves ante ti… no tiene nombre. El rostro que ves ante ti no eres tú, es el reflejo de otra persona. Alguien que quizá fue cercano a ti… o que tal vez has inventado para no indagar en un pasado que no recuerdas. La identidad lo es todo para el ser humano. Sin ella, no sabríamos a dónde ir, qué hacer ni con quién hablar. Nos da forma al mismo tiempo que le damos forma. La identidad es todo aquello que hemos construido y que todas las personas con las que nos hemos cruzado día a día nos han ayudado a construir. Si la identidad se rompe, el ser humano se quiebra… y nace un monstruo.

En
Monster, Naoki Urasawa presenta, a través de lo que en apariencia es una historia de fugitivos, de cazador y presa, de asesinos y policías, un entramado mucho más complejo que ahonda en la misma raíz del ser humano, en aquello que le incita a moverse día tras día, a relacionarse con los demás y a entender por qué hacemos lo que hacemos, dando por sentados muchos valores que pueden venirse abajo rápidamente gracias a la historia que se abre ante nosotros cuando un doctor salva a un niño de una herida mortal de bala. Los actos más pequeños, cual efecto mariposa, crean una cadena de eventos que conducen a los personajes por distintos caminos a lo largo de toda la trama, caminos que no llevan sino a un desafío de la propia identidad, el tema principal de esta obra maestra del Noveno Arte.

El protagonista, el Dr. Tenma, tiene muy claro al principio de la historia quién es, qué hace y, seguramente, cómo va a ser su vida hasta sus últimos días. Todo cuanto le rodea le dice que es un hombre de éxito, y sus múltiples identidades le aseguran día a día ese puesto: cirujano, amigo, amante, prometido… su actitud para con los demás refuerza su comportamiento consigo mismo, y es lo que le lleva a asegurarse dicho éxito. Sin embargo, no deja de tener esa sensación de desasosiego que le embarga en las primeras páginas de este volumen, en las que le vemos tumbado en su cama con pocas o nulas emociones externas. Cuando se encuentra rodeado de personas, deja patente su don de gentes, pero en realidad su identidad es una mucho más comedida y existencialista de lo que deja entrever. Esto mismo es lo que termina provocando una fisura en su relación con el resto de personajes cuando toma una decisión por sí mismo: salvarle la vida a un niño antes que al alcalde, desafiando con ello una orden directa que proviene de la persona que representa, no solo a su jefe, como director del hospital donde trabaja, sino también a su futuro suegro por ser el padre de su prometida. Un choque de identidades que le conducen, al decidir por sí mismo salvar al niño, a que su identidad se venga abajo y se convierta en un fugitivo, sospechoso de asesinato y paria entre sus antiguos amigos y, sobre todo, a ojos de la que fue su amante y prometida.

La línea es muy delgada entre un lado y otro del espejo, y eso es lo que Tenma va a aprender en este viaje que empieza ahora, en su búsqueda y captura del monstruo al que conoce como Johan. Le espera un viaje al corazón mismo del ser humano, a lo que muchos son capaces de perpetrar por conservar o recordar su nombre, y dejará de dar por sentado todo lo que creía a salvo al principio de la obra, evolucionando de manera abismal como personaje y dejando atrás cualquier atisbo del Tenma de este volumen con respecto al Tenma que protagonizará el último. Tanto él como Johan y todos los personajes a su alrededor serán testigos de la importancia de la identidad, aprenderán a mirarse al espejo y no dar por sentado lo que se ve reflejado en él, sino a adentrarse más allá, a mirar al interior, enfrentarse al monstruo y salir indemne.

David Hernando

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